¿Cómo podrá cuidar a su bebé siendo ciega?

Fue en uno de los primeros días de selección de pacientes oftálmicos en el Congo cuando vi por primera vez a Pulcherie. A medida que se movía lentamente a lo largo de la fila de personas me di cuenta de que era ciega por su forma de caminar. Ella llevaba un bebé a la espalda. Pronto llegó el momento de examinarla y yo quería poder ayudarla. Examiné su ojo derecho, pero no tardé en descubrir que su córnea estaba dañada y no había nada que pudiéramos hacer para arreglar eso.

Cambié mi atención a su ojo izquierdo, que era nuestra última esperanza. Había una nube espesa de color blanco que cubría su ojo izquierdo: era una catarata y lo más probable era que se pudiera solucionar. Le pregunté a Pulcherie si había visto alguna vez a su bebé. Ella sonrió y con sus manos dibujó la forma de la cara de Guychelle en el aire. «Yo sólo la he tocado», dijo. «La conozco por la sensación de la nariz, las manos y el olor de su pelo.»

 

 

 

 

 

Pulcherie me dijo que ella era ciega desde los 15 años. Estaba casada pero su esposo la abandonó cuando nació el bebé. Me hizo pensar en mi propia historia y cómo me adoptaron. Tenía la misma edad que Pulcherie cuando me puse en contacto con mi madre biológica. Todavía me acuerdo de cuando la llamé por primera vez y ella inmediatamente me preguntó si estaba bien y de qué color era mi pelo. Me explicó que en 1965, cuando yo nací, no quería dejarme ir, pero me apartaron de ella tan rápido que ni siquiera había visto cómo era.

Con lágrimas en los ojos le dije a Pulcherie que en un mes recibiría una cirugía gratuita en nuestra nave y que esperábamos que pudiera volver a ver. El día después de su cirugía, cuando llegó el momento de retirar el parche del ojo, yo estaba allí. Lo primero que hizo fue mirar hacia abajo en su vestido y exclamar «¡Es naranja!». Después de que mirara a la Esperanza de África, dijo: «¡Dios mío, es un barco muy enorme!»

Cuando Pulcherie regresó a la aldea de sus padres, llevó a su hija y se sentó debajo de un árbol de mango. Estudió con gran detalle cada centímetro de su hija, desde sus hermosas pestañas hasta sus pequeños deditos. ¡Tendrías que haber visto la mirada de alegría de su cara! Unos meses más tarde tuve la oportunidad de visitar a Pulcherie en la ciudad donde ahora tiene un trabajo y puede mantener a su hija. Ella sigue sin poder dejar de sonreír cada vez que mira a Guychelle y ahora cree que podrá ver a su hija crecer y convertirse en una joven feliz, sana y muy querida.